Comparecer ante el misil, la bala y la mentira (o sobre los tres primeros libros del año)
- De libro en libro
- 11 ene
- 5 Min. de lectura
El año comenzó con una lectura planificada. Quise que mi primera lectura del año fuera un regalo de una amiga, así que- en el intercambio navideño de todos los años- le di a escoger entre tres libros. Yo cedí la decisión, pero no el gesto: quería empezar el año leyendo algo que llegara desde el cariño. Pensé que esa era la manera de sacudir el bloqueo lector que distinguió mi 2025.

De esos tres libros, Laura escogió 19 garras y un pájaro oscuro, de Agustina Bazterrica.
El libro es una colección de cuentos de horror. Una edición revisada y ampliada de relatos que la autora fue escribiendo a lo largo de los años, originalmente publicados en 2016 bajo otro título. Algunos de esos cuentos fueron premiados. Y sí, son cuentos de horror. Pero mientras los leía me di cuenta de algo que me sorprendió: no me provocaron el mismo impacto que Cadáver exquisito, que discutimos en el pódcast.
Creo que la diferencia está en que aquí el horror se reconoce fácilmente como ficción, lo cual recibí con distancia. En Cadáver exquisito, en cambio, lo que me descolocó fue la sensación de realidad: la impresión de que aquello no era una exageración literaria, sino un espejo de lo que ya somos capaces de hacer. Tal vez por eso esta vez no conecté igual. El horror cotidiano está demasiado cerca, demasiado presente, demasiado a flor de piel como para que la ficción me sacuda del mismo modo.
Después de esa lectura, elegí Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince. Era otro de los libros que había estado entre las opciones del intercambio y uno que quería leer para empezar el año. Me interesa desde hace tiempo esa pregunta que atraviesa muchos textos: cómo se sobrevive a los eventos límite, qué pasa cuando la vida se interrumpe de golpe y el presente deja de ser un terreno seguro.

En este libro, el autor escribe desde una experiencia concreta: estar en una zona de guerra, sentado en un restaurante, y que un misil caiga sobre ese lugar. A partir de ahí, el texto se abre hacia reflexiones sobre la guerra en Ucrania, sobre la invasión rusa, sobre la memoria, sobre la historia y sobre la necesidad de no normalizar la violencia.
Pero mi lectura fue algo turbulenta. Hablé y peleé mucho con el autor mientras leía, porque una de las razones para leer el libro era obtener una respuesta a la pregunta que muchos hicimos cuando nos enteramos de que Abad, un escritor colombiano, con retos serios de salud, que vive entre Colombia y España, estaba en Ucrania: ¿qué hacía un escritor latinoamericano, sin vínculos directos con ese conflicto, en medio de una guerra? Y la respuesta que el propio libro ofrece es honesta, pero incomodísima. Al final, no había una razón sólida para Abad estar allí. Y, sin embargo, estuvo.
Esa respuesta lo deja mal parado y Abad lo sabe. Escribe desde una culpa brutal del sobreviviente, pero eso sí, con un cuestionamiento ético profundo, muy propio de las personas que se toman en serio las preguntas: ¿es esta mi historia para contarla?, ¿me estoy colocando en el centro de un conflicto que no es mío? Y aun así, estuvo allí. Y lo que le ocurrió, le ocurrió. Compareció, de algún modo, involuntariamente.
Mientras estaba terminando ese libro, madrugué un día reciente con la noticia de que Estados Unidos había bombardeado Caracas. En ese momento, lo que se entendió y se temió fue una posible invasión. Hasta ahora sabemos que se trató, como mínimo, de un operativo para remover a Nicolás Maduro del poder. La sensación fue inmediata: estábamos entrando en otra fase de la violencia imperial.
Salimos a la calle a expresar solidaridad con el pueblo venezolano y a exigir respeto a la soberanía de los países. Y todavía estábamos bregando con esa sensación de vulnerabilidad, de exposición, de estar viviendo algo que se nos va de las manos, cuando apareció el video.
Ese fue el golpe. El video es, sin duda, lo que más me ha afectado desde que comenzó el año. Un agente de ICE ejecutó a tiros a una mujer solidaria con la comunidad migrante. Y después, casi sin pausa, el aparato discursivo activándose: mentiras, justificaciones, deshumanización. Todo funcionando como se supone que funcione para entrar a una fase extremadamente peligrosa del régimen de Donald Trump.
En ese contexto de angustia fue que me topé, en mi pila de libros por leer, con Comparecencia (in)voluntaria, de Marisol García Walls. Llevaba conmigo una copia firmada por la autora que adquirí en Utópicas, ya no recuerdo si fue en mi primera o segunda visita a Coyoacán. Lo que sí supe de inmediato es que había llegado el momento de leerla.

García Walls escribió Comparecencia (in)voluntaria a partir de una experiencia muy concreta de violencia que sufrió. El (in) entre paréntesis no es un adorno: nombra el conflicto central del libro. Comparecer sin haberlo elegido. Sufrir violencia —como ella misma problematiza— no se elige, pero una vez ocurre, coloca a quien la sufre en el centro de múltiples exigencias: legales, institucionales, narrativas, incluso íntimas. Múltiples comparecencias, de distintos tipos, incluida la comparecencia ante una misma.
El libro se detiene, de manera muy clara, en una de esas comparecencias: la que es ante el Estado. En su caso, el Estado mexicano, a través de la policía y de documentos oficiales, construyó un relato que no correspondía —o no correspondía del todo— a lo vivido. Un relato en el que sus palabras no estaban. En el que ella no fue realmente parte del proceso. Compareció, sí, pero sin agencia.
A lo largo del texto, García Walls se pregunta una y otra vez si escribir es una forma de revictimizarse, si no es obligarse a volver a un lugar al que no quiere regresar. Y decide escribir sin entrar en detalles, pero diciendo lo suficiente para que quede algo fundamental: que lo que consta en los documentos oficiales no es la verdad; que ahí no está su voz; que esa historia fue narrada por otros. Escribiendo, vuelve a comparecer, pero esta vez desde otro lugar: apropiándose de su propia historia, incluso si esa apropiación nunca puede ser del todo voluntaria.
Y al escribir, de alguna forma, vuelve a comparecer. Pero esta vez recuperando algo de control sobre su propia historia. No porque el trauma se vuelva voluntario, sino porque la palabra permite un gesto mínimo de reapropiación.

Leyendo a Abad y a García entendí que sus libros estaban dialogando con nuestra realidad actual. Desde lugares distintos, ambos giran alrededor de la memoria, la violencia, la culpa y la pregunta persistente por quién puede contar una historia y desde dónde. Y, sobre todo, si contarla sirve de algo frente a la violencia. En otras palabras: ¿qué se puede hacer frente a un misil, frente a una bala, frente a un Estado que miente? Esa es también la pregunta que nos estamos haciendo en Puerto Rico.
Aquí vivimos una comparecencia involuntaria mayor: la del colonialismo. Un régimen que nos impone reglas violentas que no salen del pueblo puertorriqueño, pero que operan con total normalidad en nuestro territorio. Un régimen que permite que desde aquí se apoyen bombardeos contra otros pueblos, que desde aquí se faciliten operaciones de ICE, con total impunidad.
Persisten preguntas urgentes:
¿Sirve de algo hablar? ¿Sirve de algo escribir? ¿Sirve de algo insistir en la memoria y en la verdad cuando la violencia parece tan organizada y tan segura de sí misma?
Quiero pensar que sí. Que, aun cuando no quisimos llegar hasta aquí, aun cuando nos hemos visto obligadas a enfrentar cosas que no buscamos y que no merecemos, hay un punto en el que decidimos comparecer. Comparecer ya no solo porque nos reclutan, porque nos empujan o porque no hay alternativas, sino comparecer voluntariamente. Comparecer para defender a otras, comparecer para salir a la calle y denunciar, comparecer para seguir leyendo aquello que nos nutre, que acompaña, que anima a no sentirnos tan solas. Comparecer para juntarse con otras, para sostenerse, para insistir. Aunque la violencia sea grande, esté organizada y pise fuerte, siempre valdrá la pena comparecer para defender la verdad, la memoria y la vida.



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